Revista Digital Playa de Ákaba

Para llegar a la playa de Ákaba hay que cruzar el desierto, para publicar en Playa de Ákaba solo hay que tener talento

Entrevista con Carlos Segovia, autor de “Mi padre, ese idiota”

CARLOS SEGOVIA: «Creo que el objetivo es siempre ese: que después de miles de revisiones, el lector crea que es algo que se ha escrito del tirón durante un fin de semana ocioso. Así que esta, la cualidad del «trabajo invisible», es lo busco siempre en mis textos y en los de los demás».

 

 

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La primera pregunta es obligada. ¿Cuánto de realidad y cuánto de invención encontramos en su novela?

Si seguimos entendiendo el arte, ya sea la pintura, el cine o la literatura, como imitación de la vida o de la realidad, podríamos apuntar ahora, lo que resultaría muy aburrido, qué escenas de la novela han coincidido con hechos de la vida real, qué escenas son completamente inventadas o cuales han sido reelaboradas, pero todo esto, como cualquier lector competente sabe, no tiene ningún interés. Desde mi posicionamiento como autor, la literatura es parte de lo Real, conforma lo Real junto con esa otra parte a la que se le suele llamar «realidad, así que no tiene mucho sentido para mí trazar una frontera o delimitación tajante entre realidad y ficción. Esto de la «realidad», de la «ficción», nunca ha funcionado así, de forma estanca, sino entrecruzándose, entretejiéndose.

Espero que le parezca más interesante que le pregunte qué influencias reconoce en esta obra, si acaso reconoce alguna.

Como la influencia de esta novela no ha sido Jorge Luis Borges, no tengo miedo a confesarme, ya que no hay ninguna viuda que pueda llevarme ante un juez. Desde siempre he sido consciente de que escribir es robar, así que no necesito aparentar que todo lo que hago sale de solo de mí. Para contestarle de una vez, al escribir esta novela tenía en mente la prosa de Thomas Bernhard, que como todos aquellos que me conocen y soportan saben, es para mí el ejemplo más claro de lo que debe ser un escritor, y por otro lado, tenía reciente la lectura de El mal de Portnoy de Philip Roth. Así que ya ve, he clonado a estos dos lobos y me ha salido un caniche.

cover Mi padre ese idiota

 

Me gustaría que me comentase algo acerca del uso de cierto vocabulario escatológico, insultos, palabrotas, etc., del que está plagada la novela.

Utilizo las palabras que la historia me pide. Sí ha realizado una lectura atenta, junto a este tipo de vocabulario, que usted denomina escatológico, aparecen cultismos e incluso voces en latín. Desde mi forma de entender la literatura, no hay ninguna diferencia entre una palabra como pueda ser, por poner un ejemplo «fenomenología», y otra como pueda ser «zurullo». No son más que palabras, y como supongo que sabrá, las palabras significan muy poco en sí mismas, apenas nada; las palabras significan dentro de un red que, por cierto, no es ni mucho menos solo horizontal. Lo que me interesa es que las palabras no estén ahí por estar, que no llamen la atención por sí mismas, sino que funcionen al servicio de la historia y de una corriente de lenguaje que se podría denominar «energía» si esta palabra no estuviese trufada de connotaciones místicas que no me interesan en absoluto. Mi intención es que ninguna palabra frene el flujo del discurso. Esas palabras escatológicas no tienen peso por sí mismas. Si fuesen lo importante no sería una obra literaria sino una ocurrencia. Es quizá la diferencia entre el erotismo y el porno, desde este ángulo, no creo haber escrito una novela pornográfica y espero que sí erótica, en el sentido en que todas las novelas que realmente merecen ese nombre lo son, ya que apelan a ese goce que transciende el mero placer y a la mera lectura aristocrática o de salón o, si lo prefiere, de tiempos muertos. En fin, no me parece buena idea prolongarme ahora con esto.

Se lo agradezco. ¿Sería capaz de ubicar su texto dentro de algún género?

Deberíamos diferenciar de una forma tajante entre «género literario» y «género editorial». Si usted me habla del primero, le remitiría a su propia pregunta, se trata de un «texto» y no de un «libro» en el sentido enciclopédico, en ese sentido de obra cerrada sobre sí misma. Aunque es verdad que, solo ahora comenzamos a entenderlo, este concepto de Libro como totalidad no ha existido nunca. Por otro lado, a pesar de que me resulta muy interesante estudiar los motivos y las convenciones de los géneros literarios, es verdad que muchas de las grandes obras de esos llamados géneros han sido escritas por autores que no practicaban ningún género en concreto, sino que se limitaban a escribir lo mejor posible. Se puede hablar de novela criminal, de novela romántica, de novela de terror, pero sin olvidar lo que precede a todas esas clasificaciones, sin olvidar que antes de crimen, de terror o de amor, estamos hablando de novela, de literatura. Si olvidamos esto, entramos ya en el terreno del género editorial, que tiene que ver con segmentaciones comerciales, con operaciones de marketing, con producir objetos o consumibles para unos lectores que se contentan con sucedáneos redactados por autores que intentan ocultar sus carencias siguiendo unos patrones como el que ensambla piezas en una fábrica.

Intentando contestar a su pregunta, se me hace muy difícil planear escribir algo para que ese algo entre en un género creado de forma artificial. Por el contrario, si mientras escribo descubro que, de repente, me encuentro un pasaje que remite a la novela gótica, u otro que juega a la novela policial, etc., este hallazgo, me alegra de forma considerable; y esto, para que no surjan equívocos, no tiene nada que ver con cultivar el transgénero, con mezclar varios géneros de forma tendenciosa, sino con algo a lo que podríamos llamar repertorio, con tener el repertorio, los motivos, en la cabeza y en los dedos. Tiene que ver con las lecturas que dejamos atrás, y no con el cálculo comercial.

¿No le preocupa que personas cercanas puedan sentirse identificadas con sus personajes?, ¿qué puedan entender que se trata de una traición de la intimidad, a pesar de que usted insistirá en que se trata de literatura y todo eso que nos ha explicado?

En absoluto. Si alguien se molesta es porque no entiende nada, y si no entiende nada es porque no tiene intención alguna de entender, y si no tiene intención alguna de entender, yo no puedo explicarle nada, y si no puedo explicarle nada no tengo en mi mano solución a sus problemas, y si esto es así, no me puedo preocupar de algo que no está en mi mano solucionar.

Hacia la mitad de la novela, el personaje se embarca en toda un gira promocional al aceptar un premio literario amañado. ¿No ha exagerado un tanto las cosas acerca del mundo de los premios?

Todos los que conozcan el tinglado desde dentro y lean el libro estarán de acuerdo en que no he exagerado en absoluto, sino que, más bien, me he quedado corto.

¿Y ese escritor, llamémosle profesional, que aparece como comparsa del protagonista durante la gira, se basa en alguien real?

Ya le he explicado que no busco querellas ni pleitos, mi economía no me lo permite.

¿Nos podría hablar algo del proceso de creación?

Recuerdo que unos meses antes estaba en La Coruña, seleccionado por la editorial La Fábrica para un encuentro al que denominaban Novos (o algo similar), y en el que estos autores seleccionados nos entrevistábamos con editores y autores del mundo literario. Recuerdo que la consigna o motivo principal que me repitieron allí fueron cosas relacionadas con la forma, con la estructura clásica aristotélica, con la necesidad de escribir de una manera legible. Por supuesto, no cito las palabras de esos profesionales de forma exacta, sino que me limito ahora a un resumen muy breve. La conclusión implícita con la que me marché de aquel encuentro (aunque en verdad era una concusión explícita, ya que me lo dijeron con una claridad diáfana que agradecí mucho) es que había una cantidad considerable de escritores que lo hacían bastante peor que yo pero que lograban publicar porque se sometían a la forma y a ciertas «leyes» del mercado. Me aconsejaron que escribiese algo en esa dirección, y al llegar a casa escribí esto, que, desde luego, no es algo en esa dirección. De todas formas, he de reconocer que aprendí mucho del encuentro.

Y cómo trabaja en la actualidad, ¿ha seguido los consejos que le dieron desde la industria del libro?

En parte. Hay que admitir que tenían mucha razón en algunas cosas. No reconocerlo sería un ejercicio de arrogancia que no se puede permitir alguien que pretende hacer su trabajo o desarrollar su vocación lo mejor posible. Vi muy pronto la necesidad de «profesionalizarme» en cierto sentido, siempre por supuesto, teniendo en cuenta aquello que decía Cortázar acerca de que él no era un profesional de la literatura. Lo que quiero decir es que es muy importante tener oficio, aprender, estudiar, ampliar los registros. Desde luego, escribir sencillo es, en muchas ocasiones, más difícil. Dicho en una palabra, había que «madurar». Era esto o dedicarse a otra cosa. Por otro lado, hay una parte del asunto que sigue sin interesarme en absoluto, y que es todo aquello que tiene que ver con publicar a toda costa y a cualquier precio, con escribir obras que uno sabe que pueden funcionar a nivel comercial pero en las que no cree en absoluto. Llegados aquí, como aconsejaba Sabato, si un escritor, lo que quiere es ganar dinero, es preferible que atraque un banco a que siga escribiendo. Publicar, tener lectores, debe ser parte del proceso, en absoluto debe convertirse en el objetivo. Aunque bueno, creo que me he desviado un poco durante la contestación, quizá porque en esta novela que nos ha reunido se tratan también cuestiones de ese tipo.

¿Señalaría alguna cualidad de su novela?

Trabajar a fondo y que no se note me parece algo fundamental en cualquier obra. Creo que el objetivo es siempre ese: que después de miles de revisiones, el lector crea que es algo que se ha escrito del tirón durante un fin de semana ocioso. Así que esta, la cualidad del «trabajo invisible» es lo busco siempre en mis textos y en los de los demás. Como resulta evidente, no se consigue siempre.

Así que es usted de esos escritores que revisan una y otra vez.

Hasta el infinito. Ya he marcado unas cuantas cosas que cambiaría si se vuelve a editar.

¿Trabaja ahora mismo en algún proyecto nuevo?

Siempre se está trabajando en algo, es inevitable. Recuerde el don y el látigo de los que habla Truman Capote en la introducción a Música para camaleones; no hay uno sin el otro. Estoy trabajando en una novela bastante más larga, muy diferente, que nace de la visión de un cuadro de Rubens en una exposición de hace años. Fue verlo y saber que en ese cuadro se ocultaba una novela. Va a ser un texto muy diferente a nivel técnico y a nivel de estilo. Ahora mismo me interesa mucho la cuestión del «montaje», que es algo que apenas utilizo, salvo en un breve capitulo, y de forma muy ligera, en Mi padre, ese idiota. El objetivo principal es progresar con paciencia extrema, realizo mucho trabajo de planificación y apenas escribo veinte páginas cada dos semanas, pero los resultados están siendo muy interesantes.

Pero a ese ritmo, tardará bastante en tenerla acabada.

No me planteo este tipo de cuestiones. La única responsabilidad del autor es para con el texto que se trae entre manos, todo lo demás es prescindible. Me encantaría que me publicasen todo lo que escribo, tener millones de lectores, ganar mucho dinero y que me diesen el Nobel. No estoy aquí desarrollando un nuevo manifiesto del autor maldito. No me interesa el malditismo, en absoluto. Lo único que, si la vida enseña algo, es que resulta obligado elegir, y esto implica siempre renunciar. Así que, siendo honesto conmigo mismo, he de reconocer que me interesa la literatura más que la vida literaria, escribir lo mejor posible a perder el tiempo con promociones personales; de hecho, esta entrevista se me está haciendo ya un poco larga.

Para despedirnos, ¿nos aconsejaría alguna lectura?

La imaginación en la jaula, de Javier Aparicio Maydeu. Es un ensayo fundamental si uno quiere entender cómo la industria del libro, con la inestimable cooperación de muchos autores, intenta acabar de una vez por todas con la literatura.

¿Tan mal están las cosas?

No, no, en absoluto. No hemos vivido jamás un momento mejor. Cuanto menos tengamos que perder, mayor libertad.

 

 

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