Revista Digital Playa de Ákaba

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‘Benditas excusas’, de Isabel Dionis

Esta mañana, mientras iba en metro al trabajo, he tenido la suerte de escuchar una conversación entre dos jóvenes que me ha parecido muy ilustrativa de la teoría que defiendo de que la mentira piadosa es válida, más que eso, es necesaria. Es cierto que hay quien abusa y ya no se trataría de una mentira bondadosa, sino de una actitud ante la vida muy poco recomendable.

Los chavales del metro estaban hablando de cine. El chico era alto y delgado, con barba incipiente, todavía de adolescente y unos rasgos muy  pero que muy poco atractivos.

Ella, sin ser guapa, tenía la suerte de ser mona; pelo largo y liso de un color indefinido entre castaño y pelirrojo y una cara redondita con una sonrisa con chispa.

Cuando estábamos llegando ya a la parada de Nuevos Ministerios, él se ha armado de valor y le ha preguntado si quería ir con él al cine el viernes por la noche y ella, con cierto nerviosismo pero velozmente, ha contestado que venía su tía del pueblo y tenía cena familiar. ¡Era una excusa! ¡una mentira piadosa! Y él se lo ha creído o a lo mejor ha preferido creérselo. Ha habido un segundo de tensión y, a continuación, han seguido con su charla.

A mi me gustan las excusas, pero las hay con efecto rebote y de esas hay que huir. Por ejemplo, un compañero de trabajo que solo se escucha a si mismo, te invita a cenar, o al cine, como a la chica del metro, y no te apetece nada. Entonces ideas el pretexto, y lo acompañas de las consabidas frases de “cuánto lo siento”, “qué pena me da”, etc…

Lo que en principio parece un trabajo hecho limpiamente, comienza a torcerse cuando te insiste días después. Ya no recuerdas con exactitud la excusa, sus detalles y matices y te contradices y disimulas, pero se te nota.

Y es, en este instante, cuando comienza la conducta manipuladora del que te ha pillado. Te acorrala con frases como ésta: “con la ilusión que me hacía quedar contigo” o “eres la única de la oficina que me comprende”. Y te revuelves como puedes pero la lías y re lías. El efecto rebote se ha desencadenado y anda solo. Estás atrapada. Y tus últimas palabras son: “veré qué puedo hacer”. Y tu verdugo, saboreando la victoria te contesta: “fenomenal, voy mirando restaurante”.

Pero las excusas “estrella” son las que maquinan los hombres con las labores caseras y, además, lo hacen  sin desperdiciar una sola neurona. No ponen la lavadora porque “a mi se me mezclan los colores”, ni hacen la cena porque “cariño, a ti te sale todo tan bueno” y ni siquiera limpian el polvo porque la palabra “plumero” no está en su diccionario.

El saber cuándo una excusa es eso, un pretexto, una evasiva, una falsa pantalla o no, depende de la habilidad, susceptibilidad o sensibilidad del receptor y, por supuesto, del ingenio del excusante.

Cuando de manera habitual hacemos uso de las excusas, claramente  nos demostramos a nosotros mismos una falta de capacidad de decir lo que pensamos en determinadas situaciones. Se nos hace difícil establecer la línea divisoria entre lo que es libertad y asertividad y lo que es educación y compasión. La sinceridad es una cualidad que deseamos en nuestras relaciones pero ser muy sincero puede resultar incómodo para ambas partes.  Claro que, andar por la vida siempre con pretextos, no es ni mucho menos recomendable.

Pero insisto, las mentiras piadosas tienen que existir: ¿qué haríamos las mujeres, en esas noches en las que llegamos reventadas a la cama, si no pudiéramos recurrir al dolor de cabeza?

 

Madrid, abril de 2016

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